El asesinato de la niña de siete años conmocionó a la ciudad y al país, reavivó el debate sobre la imputabilidad y hoy vuelve a interpelar a la sociedad en medio del juicio y del reclamo de justicia de su familia.

Publicado el: 25 febrero, 2026 Publicado por: Riso Comentarios: 0

El calendario marca 25 de febrero y en La Plata el tiempo parece detenerse. Se cumple un año del crimen de Kim Gómez, la niña de siete años que fue asesinada en un hecho de una violencia imposible de asimilar y que cambió para siempre a una familia, a un barrio y a una ciudad entera.

Aquella tarde de 2025, Kim viajaba junto a su madre, Florencia, en un Fiat Palio rojo. En el semáforo de 25 y 72, dos adolescentes —de 14 y 17 años en ese momento— interceptaron el vehículo. La obligaron a bajar. La violencia fue inmediata. Kim, que llevaba el cinturón puesto, no logró descender a tiempo y quedó enganchada cuando los agresores escaparon. Fue arrastrada durante casi 15 cuadras. Murió en Altos de San Lorenzo, en una escena que aún hoy resulta imposible de narrar sin estremecerse.

La ciudad se movilizó como pocas veces. Hubo marchas, velas, abrazos colectivos y un reclamo que se multiplicó en cada esquina: justicia. El caso se instaló en la agenda pública y reavivó el debate sobre la edad de imputabilidad y las políticas de prevención del delito juvenil. Pero detrás de las discusiones, de las consignas y de las estadísticas, quedó lo esencial: la ausencia irreparable de una nena.

Los jueces actuaron con rapidez y los responsables fueron detenidos. El mayor de ellos, que ya cumplió 18 años, comenzó a ser juzgado por el Tribunal N°1 de Responsabilidad Juvenil de La Plata bajo la carátula de “homicidio en ocasión de robo”. El segundo acusado, que tenía 14 años al momento del hecho y fue señalado como coautor, es no punible y permanece alojado en un instituto de máxima seguridad por dos años.

Para la familia, el juicio abrió una nueva etapa de dolor. “Se siente muy feo revivir todo lo que pasó. Había cosas que yo intenté saber y no sabía. Hoy me estoy enterando”, contó Marcos Gómez, el padre de Kim, tras las primeras audiencias. En cada declaración, en cada reconstrucción, la herida vuelve a abrirse.

Florencia, la madre de la niña, declaró ante el Tribunal. Desde el primer momento se mantuvo lejos de los medios, pero su testimonio fue clave: reconstruyó el ataque, el instante en que la interceptaron, cómo la obligaron a bajar del auto y cómo escaparon con su hija todavía adentro. Vecinos también relataron que los asaltantes intentaron arrojar a la nena por la ventanilla y que, tras chocar, huyeron dejando el cuerpo sin vida bajo el vehículo.

En medio del dolor, Marcos eligió transformar la tragedia en un mensaje. “Al mayor lo veo con culpa”, dijo en más de una oportunidad. Sobre el menor fue tajante: “Algo falló”. Y allí aparece una reflexión que atraviesa el caso: la falta de prevención. “A él no se pudo, pero a sus hermanos hay que salvarlos. A estos pibes les falta prevención. El padre está preso, tenía problemas en las escuelas. ¿Cómo no se encendieron las alarmas?”, planteó, sin desligar responsabilidades pero ampliando la mirada hacia el Estado y la sociedad.

Con el paso de los meses, el nombre y el rostro de Kim se convirtieron en símbolo. En pancartas, en remeras, en murales, en cada marcha que exige mayor seguridad. Pero también en el recuerdo íntimo de una niña que iba al colegio, que tenía juegos, amigos y sueños propios de su edad.

A un año del crimen, La Plata vuelve a mirarse al espejo. La conmoción inicial se transformó en una pregunta que sigue latiendo: cómo evitar que otra familia atraviese lo mismo. Entre el avance judicial y el reclamo social, el espíritu que despertó Kim persiste en la búsqueda de respuestas concretas, en la memoria activa y en la convicción de que la justicia no es sólo una sentencia, sino también la construcción de un futuro distinto.

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